PACHECOLANDIA

La tierra prometida

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La peruanidad se arequipeñiza

El “yaraví” acaba de ser declarado Patrimonio Cultural de la Nación y el “chupe de camarones” fue elegido una de las Siete Maravillas Gastronómicas del Perú. Razones para alegrarse, sobran, aunque detrás haya historias tristes. Como estas.

Mi vida es la letra de un yaraví, dice Mariano Carpio.cantor2 Soy un yaraví porque nadie como yo conoce el sufrimiento. Y tiene razón. No conozco a ningún mortal que haya padecido tantas desgracias juntas. Victoria Montes, mi abuela, decía también que las penas se quitan con un buen chupe de camarones. Y era cierto. Porque como sostiene mi buen amigo José Luis Márquez, compañero de meriendas pero sobre todo de prolongados ayunos, al paraíso se llega por el estómago. ¿Quién puede decir lo contrario?

Mariano Carpio nació en la calle Alto de la Luna. Tenía dos años cuando murió su madre, y al cumplir diez quedó también huérfano de padre. Pudo morirse de la pena, pero sobrevivió para contarlo. No quería ser un estorbo para sus tíos. Así que se fue de casa. Trabajó en una mina de Caravelí y llegó a ser periodista del desaparecido matutino La Crónica gracias a su formación autodidacta. El domingo 31 de mayo de 1970 el terremoto que devastó Ancash acabó con la vida de su esposa Margarita y sus tres hijos. Se quedó jodidamente solo. Otra vez.

Tiempo después el gobierno de Velasco Alvarado confiscó el diario donde trabajaba. Se dedicó a la bebida. Borracho empedernido, le decían. Hasta que se fue a Estados Unidos, de donde vuelve todos los años para promover un concurso de música arequipeña. Nadie ha sufrido como yo. Yo soy un yaraví, me dijo antes de regresar a New York, hace unas semanas. Carpio es el fundador de la Asociación Escuela del Yaraví.

Le pregunté cuál era el yaraví que más le gustaba. Y conteniendo el llanto, con la voz quebrada, recitó los versos de otro Mariano. Ya me voy a una tierra lejana/a un país donde nadie me espera/donde nadie sepa que yo muera/donde nadie por mi llorará. La letra corresponde a Mariano Lino Urquieta, quien escribió uno de los pocos yaravíes decasílabos. La mayoría son octosílabos.

Yaraví. Expresión mestiza utilizada para nombrar a las canciones tristes que se cultivan en Arequipa. Esta música tiene sus antecedentes en los antiguos harawis y hayllis prehispánicos. Durante el virreinato se convierte en una suerte de lirismo amoroso, que cuenta historias de dolor, tristeza, abandono y amor no correspondido.

El mejor cultor del yaraví fue sin duda otro Mariano: nuestro vate Mariano Melgar, el hombre que no fue correspondido por su amada Silvia. ¿Por qué a verte volví Silvia querida? ¿ay triste para qué? Para trocarse mi dolor en más triste despedida. El INC declaró al yaraví Patrimonio Cultural de la Nación, a solicitud del musicólogo y guitarrista Marino Martínez (Caraz, 1968).

Chupe…se los dedos

El chupe de camarones, ese manjar inventado para los dioses, es ahora una de las Siete Maravillas Gastronómicas del Perú, un concurso organizado por Promperu. Su elección fue un acto de justicia y reconocimiento a las viejas picanteras characatas que, con su sazón y buen gusto, encontraron la fórmula exacta para hacer de este platillo, una vianda sin par.

Para celebrar la noticia he buscado a doña LucilaLucila Salas, quizá la única picantera de viejo cuño que queda viva. No veo bien, no escucho bién, no camino bien, se queja. Sin embargo la escucho dar órdenes e indicaciones a sus hijas y cocineros que trajinan en la cocina. Esto está salado. Hay que aumentar ají. Si algo no ha perdido Lucila, es esa aguda sensibilidad del paladar que le dio fama internacional cuando Don Francisco, el trajinado conductor de Sábado Gigante, vino desde estados para entrevistarla.

Ella ya no cocina. Tiene 92 años. Pero está donde debe estar. Sentada cerca al fogón donde los leños secos humean y mantienen en ebullición las ollas donde hierven los chupes y arde el aceite donde se fríen los cuyes. Lucila me cuenta que antes del chupe fue el “puchero de camarones”. Este era el plato preferido de los arequipeños. Es probable que el chupe sea más antiguo, ya que la presencia del camarón en estas tierras data de muchos años atrás, pero recién se fue masificando a partir de los años sesenta del siglo pasado. Según algunas crónicas del tiempo de la colonia, había en el río Chili crustáceos de buen tamaño.

El chupe de camarones es un plato mestizo, como toda la gastronomía mistiana. A los ingredientes como el camarón y otros productos andinos como la papa y las habas, se le añadió leche y queso, que llegaron con los conquistadores. Fue en las picanterías, que antes se llamaban chicherías, el laboratorio donde se crearon las fórmulas que le dieron diversidad y exuberancia a la cocina arequipeña. En una buena picantería no puede faltar la buena chicha. Antes de despedirme, doña Lucila ordena que le pongan en la mesa un vaso de chicha y una botella de anisado. Te voy a invitar un prende y apaga, me dice. Salud Lucila. Salud muchachito.

EL AREQUIPEÑO QUE NO PUDO REGRESAR

La canción “El Regreso” es el nuevo himno de los arequipeños. La añoranza de sus letras encierra la más perversa de las ironías: Mario Cavagnaro, el autor, pidió en la última estrofa que lo entierren en suelo mistiano. Cuando murió en 1998 fue sepultado en Lima.

Como si tuviesen la clave para desguarnecer hasta los más bravíos cavagnaro1corazones mistianos, las estrofas del vals “El Regreso” pueden conseguir dos cosas: el júbilo o el llanto. La canción fue escrita por Mario Cavagnaro para el I Festival Internacional de Música Arequipeña, en 1969, y obtuvo apenas un modesto lugar entre los temas finalistas. Ese año el máximo galardón lo consiguió Víctor Neves Bengoa, otro conspicuo compositor arequipeño,  con “Viejo cantor del Yaraví”.

Embebido de recuerdos, Cavagnaro ensambló con paciencia de artesano, la melodía dulce, casi quejosa, y los versos tristes que le dictaron las remembranzas de su infancia. El resultado fue una oda a la melancolía, con cierto aire a yaraví, por la tristeza inembargable que representa la nostalgia. Ese agosto, hace exactamente 40 años, Víctor “Pajarito” Bromley, primera voz de Los Chamas, estrenó el tema en el festival.

Quería verte
inolvidable, tierra querida
Arequipa, ciudad blanca de mi amor.
Embriagado de distancia
añoraba la fragancia
de tu suelo, tu campiña y tu verdor.

Mario Cavagnaro nació en Arequipa, el 16 de febrero de 1926. Estudiaba en el colegio Salesiano cuando a corta edad se mudó a Lima. En la escuela aprendió a interpretar varios instrumentos de viento y más tarde estudió Ingeniería Química en la Universidad Nacional de San Marcos. Empezó componiendo boleros y cuando la música criolla se encontraba en su apogeo se convirtió en figura por temas como El Rosario de mi Madre, Lima de Octubre, Historia de mi Vida, Yo la quería patita.

Fue el primero que incluyó la replana en las composiciones del criollismo peruano. Así llegó a convertirse años más tarde en un autor destacado. Sus temas fueron grabados por figuras internacionales como Armando Manzanero, Julio Jaramillo, La Sonora Mantancera, e incluso, Héctor Lavoe. Para los arequipeños, sin embargo, solo existe El Regreso.

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Es medio día y en la cabina principal de Radio San Martín empieza a emitirse el programa “Así canta el Perú”. Héctor Gómez, su prolijo conductor, tiene entre sus invitados a Víctor Neves Cáceres, hijo de quien compusiera Viejo cantor del Yaraví, la canción que le ganó a El Regreso. “Es uno de los pocos artistas contemporáneos que se dedica a la música costumbristas arequipeña”, lo presenta. Después de un breve diálogo empieza a sonar “Chaque tripas”, quizá el tema más popular de Víctor Neves padre.

Héctor me cuenta en el ínterin que su entrevistado es el director de la agrupación “Elay Chacaractos”, cuyo significado vendría a ser más o menos “Ahí están Chacaractos”. El conjunto reúne a lo mejorcito de la música criolla arequipeña. Tiene entre sus voces a María Antonieta Dávalos, la heredera del mítico dúo Los Dávalos, a Luz de Fátima Trillo, y el mismo Víctor Neves Cáceres, quien más tarde me contará que están a punto de grabar un disco bajo la dirección de Luis Neves Bengoa, el más cotizado arreglista mistiano, quien llegó a trabajar con Pavarotti y Plácido Domingo. Vive en Estados Unidos, contando las horas para volver.

Cuando hace tiempo
dejé tus lares entristecido
con la pena de los hijos que se van.
Hubo un límpido aguacero
y una lluvia de luceros
en mis ojos contemplando tu volcán.

Al finalizar el programa, Gómez hace memoria y rescata de entre sus recuerdos el nombre de quien promoviera el Festival Internacional de Música Arequipeña. Fue Leonel Cueva Rodríguez, un chacarero mistiano que por entonces radicaba en Norteamérica. La competencia duró apenas tres años pero fue lo mejor que se hizo para mantener vigente al yaraví, marinera, vals, pampeña, huayno y poesía loncca. Mariano Carpio Cueva, uno de los viejos más vitales que he conocido, hace actualmente un esfuerzo parecido con los pocos ahorros de su jubilación y cachuelos de fotógrafo. También vive en la tierra del Tío Sam pero ahora está en la cabina con Héctor. Es otro de sus ilustres invitados de hoy.

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La última vez que Mario Cavagnaro regresó a la Ciudad Blanca fue en julio de 1994, para entregar la letra del himno del Club Internacional Arequipa, que ese año cumplía cien años. El espectáculo montado tuvo la dirección musical de José Linares Bezold, otro gran valor de la música arequipeña, quien consiguió la Antara de Plata con el vals “Algo en Ti”, en el Festival de la Canción Peruana de 1971. Fue la última vez que los ojos de Cavagnaro contemplaron la majestuosidad del Misti. Volvió a Lima, soñando con regresar, sino por unos días, volver para quedarse definitivamente.

Cuando yo muera
que me entierren en tu suelo
y algún día bajo el cielo
unas flores crecerán.
Será mi alma, asomándose a la vida
desde mi tierra querida
para ver a mi volcán.

Mario Cavagnaro dejó de existir el 29 de setiembre de 1998, víctima de un paro cardiaco. Su familia decidió enterrarlo en el cementerio Campo Fe de Huachipa, en Lima. La vida y la muerte tienen esas contradicciones. Muchos quieren volver. No todos pueden. A otros, en la distancia, solo les queda cantar. Una tarde en un restaurante chiclayano, un arequipeño casi lloró de emoción al escuchar el vals El Regreso. Y él, que nunca cantaba, cantó por primera vez.

“Yo conversé varias veces con mi amigo, Don Mario, sobre el tema. Él me dijo que efectivamente su voluntad era que lo entierren en Arequipa” me dice José Linares. Pero los deseos de los muertos son solamente eso, letra muerta. Nadie les hace caso. Y quién sabe por cuánto tiempo más Mario Cavagnaro seguirá soñando con El Regreso y su Osito de Felpa.

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