Cuando te fuiste, dejé la puerta abierta para que a tu vuelta no dejaras de entrar. Pero extraviaste el camino de regreso. Y otras puertas abiertas te invitaron a pasar…
Archivo mensual: mayo 2010
A TU REGRESO
LA MORADA POSIBLE
Vivo en ninguna parte. Debe ser por eso que no tengo puertas ni ventanas. Debe ser por eso que cuando la tarde se apaga, una pena indescifrable me desangra el cuello. Debe ser por eso que este cuerpo tiene una pereza eterna
para el sueño. Y debe ser por eso que me abandonó hasta la desesperanza. Como si la necesidad por salvarse de sus sombras fuese más urgente que la mía.
Vivo en ninguna parte y valdría lo mismo decir que mi morada son todos los rincones posibles. Y también los imposibles. A veces, cuando creo que estoy volviendo a casa y apresuro el ritmo ansioso de mis pasos cansados, siento en el pecho una alegría torpe. Alegría inútil, inservible, frágil. Alegría que se revienta de vergüenza cuando reparo que voy a ningún lado y que nadie me espera en los umbrales. Hace tiempo, mucho tiempo, que mi lecho está frío. Hace tiempo que sólo me acuesto con la muerte. Cuando en las mañanas despierto con los labios destrozados, y la garganta atravesada por tu ausencia, retomo el pensamiento inconcluso de la víspera, ese en que te quedaste intacta y pronuncié tu nombre.
Y mientras dormitas tu incertidumbre, yo habito en los callejones y pantanos invencibles de la noche, pensando, pensándote, aguardándote con la esperanza insomne, esperando el día en que por fin llegues, a pesar de tus desvaríos y caprichos indemnes. Ese día en que finalmente se acabará esta vigilia inquebrantable. Ese momento en que cambiaré todos mis hogares por ese rinconcito irrepetible donde iré a buscarte en mis atardeceres, para refugiarme del mundo, para quedarnos, para ampararnos de la prisa, para detenernos, para curarnos el pasado, para inventar el futuro, aunque en ello se nos pase la vida.
HOMENAJE A MARIO BENEDETTI
De golpe, sentí una orfandad insondable. ¡Dios! De modo que eso era la tristeza. Me levanté del escritorio y busqué refugio en el baño del periódico. Era domingo, hace exactamente un año. Tenía planeado gritar, putear, maldecir, o callar, mordiéndome la le
ngua. Pero había demasiada gente. ¿Qué te sucede, traes cara de muerto?, preguntó un buen amigo. Yo solo atiné a abrazarlo, mientras me desbordaba el llanto. El que se ha muerto es Benedetti, le respondí con voz entrecortada. Estaba fulminando por la pena. Era previsible. Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia es más que una colección de libros en mi biblioteca. Es un catálogo amplísimo de complicidades, pleitos, discrepancias y coincidencias. Es mi vida tomando la apariencia de sus cuentos. Son sus poemas asemejándose a mi historia. Le escribí estas líneas al cumplirse un mes de su deceso y ahora las publico a modo de homenaje. ¡Hasta siempre amigo Benedetti!
Al poeta tierno
Así estamos/consternados/rabiosos/aunque esta muerte sea/uno de los absurdos previsibles. Ahora que asumo cabalmente tu partida, el diagnóstico de este duelo límpido y silencioso cae sobre mis párpados, como las hojas secas del jardín botánico al que siempre regresabas. Allí te instalabas, a laizquierda del roble, con tus historias cotidianas y tus versos limpiecitos, recién secados al sol, a la intemperie del alma.
Le tenías ojeriza a la pureza/porque sabías cómo somos de impuros/cómo mezclamos sueños y vigilia/cómo nos pesan la razón y el riesgo. Tenías razón. La amistad consistía a veces en impecables e impúdicas traiciones. En llenar vacíos ajenos y sosegar penas extrañas. No sabían un corno. Nadie les explicó que la primavera regresaría sin sus esquinas rotas. Siempre regresa. Ni les dijeron que esas pequeñas complicidades derribadas, volverían para pedirnos cuentas. ¿Qué dirán los felones? ¿Qué dirías tú? ¿Cuánta vergüenza sentirías?
Yo también escuché una paloma/que era de otros diluvios /yo también destrocé un paraíso/que era de otras infancias/yo también gemí un sueño/ que era de otros amores. Debo confesarlo. Siempre tuve miedo a los fantasmas que asomaban desde tus cuentos. Eran escrupulosamente reales, tan miserablemente humanos que en lugar de amenazas, parecían el anticipo de un dolor próximo, de una pena en ciernes. Pocos lo saben, es cierto, pero fueron tus versos los que dieron confort a mis rotundos e inapelables fracasos. De ellos fui aprendiendo que las derrotas nunca son definitivas, y que la vida se encarga de planificarte la revancha, con la estrenada posibilidad de ser vencido nuevamente.
Vos lo dijiste/nuestro amor fue desde siempre un niño muerto/solo de a ratos parecía que iba a vivir/que iba a vencernos/pero los dos fuimos tan fuertes/que lo dejamos sin su sangre/sin su futuro. Sin embargo te encaramaste en mi última alegría para tender puentes, laboriosamente, hasta llegar al punto neutro donde nos desencontramos. Yo le escribía, por las noches, mientras agostaba el alma. Me gustaba adivinarla regresando de su exilio, no exactamente más linda ni más fuerte ni más dócil ni más cauta, solo volviendo, distinta y con señales.
Creo que tenés razón/la culpa es de uno cuando no enamora/y no de los pretextos/ni del tiempo/Hace mucho, muchísimo/que yo no me enfrentaba como anoche al espejo/y fue implacable como vos/mas no fue tierno. Después de todo siempre nos aflora la cobardía. Bueno, no siempre. No a todos. Siempre hay unos más despreciables que otros. Por eso entiendo tu odio contra los torturadores y la rabia que te provocaban las dictaduras, las cárceles, los barrotes.
El hecho es que llegaste temprano al buen amor/al amor cantado/al amor decantado/al ron fraterno/a las revoluciones/Pero sobre todo llegaste temprano/demasiado temprano/a una muerte que no era la tuya/y que a esta altura no sabrá que hacer con tanta vida.