“Roy Soto se quedó dormido, ya no despertará”. La noticia cayó en el blog como una pedrada. Es cierto que algunas pedradas no matan. En cambio, sí duelen. Conocí a Roy en julio del 2008, cuando lo busqué para hacerle una entrevista por encargo del diario La República. Me dijeron que podía hallarlo en el Café Bohemia, en las galerías Gamesa, pero esa vez no tuve suerte.
Fue mejor. Al día siguiente, en mi empeño por encontrarlo, llegué a una abarrotería de la calle Olímpica, que desemboca en el estadio del barrio IV Centenario, y donde según algunos amigos se tomaba una cerveza todas las tardes, después del almuerzo. Dice la leyenda que allí escribió algunos capítulos de sus libros. Esa mañana de vísperas de Fiestas Patrias, la dueña de aquel modesto centro commercial me dio su dirección.
El corazón de Roy Soto Rivera, de 77 años, dejó de latir esta mañana de domingo. Como domingo fue que recibí la noticia de la muerte de mi poeta predilecto, Mario Benedetti. La vida es eso, un impenitente caminar a la muerte. Roy es el autor de una de las biografías más completas y mejor documentadas del fundador del APRA, Víctor Raúl Haya de La Torre. Vivía en una habitación humilde que alquilaba en la calle Leticia. Su obra de tres tomos, “Víctor Raúl, el hombre del siglo XX”, recoge los pasajes más importantes de la vida del caudillo aprista. Sus últimas publicaciones tienen el prólogo del actual presidente del Congreso de la República, Luis Alva Castro, quien mañana lunes debe llegar a Arequipa para despedirse del que fue su amigo y guía.
Siento por Roy no el cariño de un discípulo ni la estima de un amigo, sino el afecto humano de una persona que aprendió a respetarlo por defender sus ideas con vehemencia, y por esa costumbre romántica que practicó en los cafés arequipeños. Antes del Bohemia, era asiduo visitante de La Bóveda, en la Plaza de Armas, pero cierta vez recibió los reproches de algún mercantilista despistado, quien no pudo entender que los cafés son también espacios para deliberar ideas y para la creación literaria. No les gustó que se hagan en el local los grandes debates que solo Soto podía sostener con sus rivales políticos. Roy no volvió más y se refugió en el Bohemia, donde conversamos distendidamente aquella vez, y donde lo volví a encontrar hace pocos meses cuando llegué al lugar para hacerle una entrevista a Víctor Medina, un especialista en temas energéticos.
Mientras fumaba sus inacabables cigarillos, el viejo esperó con paciencia que terminara la plática y luego me invitó a su mesa donde me entregó dos de sus últimos libros. “Llévatelos, mientras más circulen, mejor” me dijo. Yo le dí una palmada en el hombro y lo dejé envuelto en esa niebla de humo y aroma a café, sin saber que era nuestra última conversación.
“Roy ya no despertará, pero sus largos y detallados escritos vivirán por siempre en el recuerdo de sus familiares y amigos” me escribió alguién que aparentemente es un familiar suyo radicado en Estados Unidos. Luego añadió una frase que me estremeció tiernamente: “donde quiera que estés y hayas despertado esta mañana, cuídate mucho, disfruta un buen café en mi nombre, un cigarrito más…y sigue escribiendo”.
Donde quiera que estés, y quien quiera que seas, gracias, va un cafecito doble en tu nombre, porque no podré con el cigarillo. Nunca aprendí a fumar.






